"LA BAUTA DEL ZENDALE: Susurros del pasado" di PIPPO BUNORROTRI - CAPITOLO I - di Giuseppina De Biase

Questo è il primo capitolo della storia. I protagonisti sono Patricia, una psicologa forense arrivata a New York da Madrid, e il suo storico amico Jordi, un patologo della polizia. I due condividono da anni un gioco segreto: risolvere online dei finti omicidi. Patricia va ad aspettare Jordi nel suo appartamento per un appuntamento urgente, ma alla fine del capitolo la porta si apre ed entra uno sconosciuto misterioso al posto del suo amico.

Buona lettura.




CAPÍTULO I
«Es bastante sencillo ver la vida carente de valores.

De hecho, la gente con algo de sensibilidad no tiene dificultad en verla así».

Un cielo plomizo avanza lentamente al otro lado de las pesadas y tupidas cortinas tras las que se oculta la grisácea luz de este día de mediados de octubre del 2013, causan inquietud sobre los tonos cálidos de las paredes tapizadas en anchas rayas verticales de color mostaza y crema de la habitación del hotel JW Marriot, en el 160 de Central Park Sur de Nueva York. Más bien, parecen unos aparentes cortinones pesados de un color vino, granate oscuro, ataviados con una pesada tela aterciopelada. Tienen toda la apariencia del gran telón principal del escenario de un viejo teatro de Broadway, más que de unas simples cortinas de diseño de la habitación de un hotel con aspiraciones minimalistas, tras las cuales se oculta por completo la pared que alberga las amplias ventanas de la habitación 507. Seguramente, fueron pensadas para que ayuden a mantener la luz del día y de la noche, a que permanezca oculta tras ellas, dando una sensación de misteriosa tranquilidad pausada.

Esos tupidos y pesados cortinones aterciopelados de color granate están siendo desplazados lentamente a ambos lados de la ventana justo en el momento en que las agujas del reloj se acercan a la tercera hora del amanecer, dejando, con este incauto y pausado movimiento, que el suave color gris con que había nacido este día, de pétrea luminosidad, fuese apareciendo tras ellos, inundando con su plomiza iluminación la amplia y nada minimalista habitación. De pie, ante la ventana, sinuoso se dibuja el perfil de una mujer, de estatura más bien baja, de uno sesenta y ocho centímetros de altura, con una amplia camisola blanca sin mangas, desabrochada, que se abre levemente hasta el centro de su vientre, prendida de dos finos cordones colocados con desorden sobre sus hombros estrechos, en la parte baja de su vientre se localiza la pequeña forma de casquete esférico que es su ombligo, flaqueado en un plano superior por los cónicos pechos bien formados con sus oscuros y turgentes pezones, dibujados tras la semitransparente camisola que deja entrever de vez en cuando las sugerentes líneas de su cuerpo desnudo. Lo adorna una bien cuidada larga melena rubia medio ondulada que se posa tierna y suavemente sobre sus hombros desnudos y sus pronunciados pechos. Su rostro está algo descompuesto, parece no haber dormido bien, sus ojos entreabiertos intentan acomodarse a la luz que se abalanza, como un enamorado deseoso, sobre ella. Se acaba de levantar de la amplia cama que se encuentra a su espalda.

Son las diez de la mañana de este trece de octubre, en la ciudad de los contrastes, Nueva York, pirámide multicultural.

Al parecer, va camino de ser un día gris y opaco, seguramente, como muchos de los días que se dan a lo largo de todo el año en esa ciudad de grandes contrastes, del caos organizado, que no es otra que la Gran Manzana. Un día gris plomizo, que hace que sientas sobre tus espaldas como si llevases un saco de cien kilos de piedras. De esos días, de esta mundana ciudad, en que nuestro ánimo lo llevamos tras nosotros, engarzado a gruesas cadenas con grilletes sujetos a nuestros tobillos, que vamos arrastrando con pesada lentitud cuando caminamos por el frío y humeante asfalto allá donde te desplaces, queriendo con ello que las agujas de tu reloj vayan más deprisa para que finalice lo antes posible a fin de que llegue cuanto antes la noche para poder tumbarse sobre la cama. Pero, para ella, hoy no va a poder ser ese aclimatado día que ha imaginado, pues tiene una reunión que no figuraba programada en su agenda cuando decidió emprender este viaje.

A última hora de la tarde, sesenta minutos antes de subirse al avión, Jordi, su compañero, amigo y confidente, la había llamado y, al no poder hablar con ella, le envió un mensaje, citándola a las siete de la tarde, de este trece de octubre, en su apartamento neoyorquino.

Ella había llegado a la ciudad de los rascacielos apenas hacía diez horas, a las doce de la noche, hora local exactamente. Planeó antes de salir de Madrid, como solía hacer siempre antes de disponerse a iniciar un largo viaje de más de un par de semanas, dedicar las primeras veinticuatro horas para ella sola. Para reponerse del pesado viaje y del cambio horario, se levantaría a media mañana, bajaría al gimnasio del hotel, se daría un baño refrescante en el spa, un masaje, iría a la peluquería y a media tarde, después de un ligero tentempié en la cafetería, saldría de compras perdiéndose por las calles de la ciudad. Luego cenaría en el restaurante del hotel y antes de las diez llamaría a su amigo Jordi para hacerle saber que ya había llegado y concertar cómo quedaban para el día siguiente. Pero los planes cambiaron al bajarse del avión. Al conectar su móvil, se encontró con su mensaje.

Le extrañó la urgencia de su amigo Jordi por que se viesen pocas horas después de que ella aterrizara en la ciudad, esa urgencia por verse apenas le había dejado dormir. Él estaba al corriente de su llegada en la madrugada, hacía meses que habían planeado el viaje de ella a Nueva York, y el día anterior hablaron de la hora de salida y de llegada. Jordi sabía muy bien lo que a ella le gustaba cada vez que se desplazaba de su ciudad de origen, Madrid, a otra ciudad y el trayecto duraba horas, aunque ya hubiese estado en ella, como era el caso. Siempre que llegaba a la ciudad de destino le gustaba dedicar las primeras horas de su estancia a disfrutar ella sola de la ciudad.

Patricia y Jorge Javier se conocían muy bien, alguien incluso diría que demasiado bien, desde hacía muchos años, exactamente desde el primer año de universidad en la Facultad de Medicina de la Complutense.

Los dos habían elegido la misma rama de la medicina: la forense. Ella dentro de la medicina forense se inclinó por la antropología, aunque, después del primer año de ejercer como antropóloga en el Anatómico Forense de Madrid, decidió dejarlo para estudiar psicología forense. A eso se dedicaba profesionalmente en su día a día, asesorando a los diversos departamentos de la Policía que lo solicitaban. Era la catedrática de Psicología Forense en la Universidad Complutense de Madrid, además de dar conferencias, cursos, y escribir artículos sobre el tema. Él, Jorge Javier, sin embargo, se había inclinado por la patología y la entomología. Al terminar la facultad, Jordi tomó la decisión, en contra de la opinión de toda su familia, de trasladarse a Estados Unidos, para especializarse como patólogo y entomólogo forense. Lo hizo en la Pace University de Nueva York, donde después de años de trabajo y estudio terminó siendo el director jefe del Laboratorio Forense de la Policía, en la ciudad de Nueva York.

En la universidad habían llegado a congeniar muy bien, prácticamente desde el primer día de clase. Siempre estaban juntos, por lo general donde se encontraba uno, el otro andaba cerca. Los compañeros de facultad o de la pandilla creían que eran novios, aún hoy hay quien lo sigue pensando. Pero la verdad de su relación solo ellos la conocían y solo a ellos les pertenecía. Después de un tiempo de compartir clase, noches de insomnio y charlas en las tascas del viejo Madrid, de lo cotidiano y lo no tan cotidiano, de estar juntos con una copa de más y algún que otro inocente arrumaco sobre un sofá, los dos se descubrieron sus secretos, inconfesables para los demás. En aquellos años se cubrían sus espaldas de los dimes y diretes de una ciudad donde lo diferente solo era un esnobismo de burgueses venidos a menos con afán de un falso protagonismo.

Un par de años después de dejar la universidad decidieron de mutuo acuerdo que cada uno debía seguir su camino. Pero también decidieron seguir manteniendo su amistad, que cada vez, si cabe, ha ido más allá de una simple amistad de «hola, ¿cómo estás?, ¿qué tal el trabajo?».

Si se supiese la realidad de sus gustos, los marcarían como se marca a las ovejas, algo que sus familias, de cierta posición acomodada, no están dispuestas a aceptar: su atracción por los hombres, de él, y por las mujeres, de ella. Pues los dos son cómplices reales y guardianes de sus secretos. Una o dos veces al año se reúnen para pasar unas cuatro semanas unidos como una pareja amartelada, durante las cuales se confiesan los dimes y diretes de su mundo cotidiano, sus penas y no penas, de amores y no amores.

Desde hace unos años han retomado el juego que habían pensado y comenzado a practicar en sus años universitarios.

No era otro que el de tratar de resolver los casos reales de asesinatos que se publicaban en los medios de comunicación antes que las autoridades, y de aquellos que aún no se habían resuelto a lo largo de los años. Solo que ahora no lo hacían con casos reales, esos ya los tenían en su vida diaria, ahora se trataba de casos que ellos se imaginaban. Mejor dicho, que imaginaba otra persona, que no tenía nada que ver con su entorno de trabajo ni que ellos conocían. Eran desconocidos a través de una página web que habían creado para ello sin que se les identificase, en la que les pedían que crearan un crimen, un caso de asesinato que imaginariamente quisieran cometer, a modo de juego. Cada vez eran más complejos, la imaginación de algunas personas no dejaba de sorprenderles en el tema de la muerte, del extraño sentimiento que perciben cuando son ellos los que deciden sobre una vida, aunque solo se trate de un juego imaginario, en un lugar de una ciudad cualquiera. Lo ponían por escrito, guardándolo hasta que fuese resuelto o se rindieran porque las pistas que les facilitaban no les llevaban a ninguna parte, a una conclusión definitiva.

Durante el tiempo que permanecían distanciados, cada uno en una ciudad de distinto continente, separados en el espacio por las onduladas líneas de las olas de un océano, y en el tiempo por las agujas de sus relojes, se iban enviando mensajes diarios, pesquisas, pruebas, suposiciones, preguntas, respuestas…, así como todos los enigmas que surgieran, para poder resolver el crimen. E, incluso, si lo creían oportuno, podían acudir a terceras personas para dar con la solución del caso, con una condición que no se podía saltar bajo ningún pretexto: que esas personas no se podían conocer entre ellas, ni ellos podían conocer la identidad del otro ni la de los que les ayudasen, por supuesto, mucho menos al que había ideado el caso, que era un auténtico desconocido para todos. Cuando uno de ellos creía tenerlo resuelto, enviaba la solución a la persona que había propuesto el supuesto asesinato imaginario. Si acertaban, ellos se reunían durante una par de semanas en la ciudad en que se habían cometido supuestamente los hechos para exponer su solución en el marco real de ese posible asesinato imaginario, lo cual suponía toda una aventura, a la vez que un reto.

Ella, Patricia, en la soledad de su silencio interior, se imaginó, al recordarlo por la llamada de su compañero y amigo, que seguramente querría ultimar los detalles de su próximo juego-aventura, uno más, que ya llevaban planificando en la distancia desde hacía un par de meses más o menos, mientras posiblemente les daban una alegría a sus gastados cuerpos sobre su amplia cama de 2×2 de agua, lo cual en estos momentos no le apetecía de manera especial, pues desde hacía casi un año había encontrado a la persona que hacía que sus arrugas no fuesen tales…

Ahora echaba de menos las suaves caricias de las cálidas manos de Carmen, el aroma de su cuerpo y el delicado roce de su piel con la suya de hacía apenas veinticuatro horas.

«A estas horas estará saliendo del hospital», pensó ella mirando con ojos soñolientos a través del ventanal.

Este recuerdo y el leve manto de la espesa neblina que empieza a desvanecerse entre los tejados de la ciudad hacen que se deprima cada minuto que transcurre mirando a través del ventanal, aún más de lo que estaba cuando se despertó. Por ello decide en el espasmo de un segundo bajar al spa del hotel para tomarse un baño y darse un masaje; de esa forma, posiblemente, relajará la tensión de la noche y del viaje.

Sale del hotel a media mañana, ya que la idea de quedarse en la habitación hasta la hora pactada con Jordi le desespera. En la puerta del hotel JW Marriot, decide hacer una visita al Museo Metropolitano de Arte (Metropolitan Museum of Art), más conocido como «MET». Camina por la 59th hasta la esquina de esta y gira hacia la derecha bordeando el Central Park. Camina lentamente encogida en el interior de su largo abrigo forrado de piel de cordero, notando como el calor que desprende su cuerpo bajo la ropa sale bordeando su cuello, calentándole los lóbulos de las orejas, que sobresalen de su gorro de falsa piel de zorro con su fino pelo. Camina hasta llegar a la E81th, donde se encuentra el MET, adentrándose decidida en su interior. En el mostrador de recepción del museo le entrega veinte dólares al recepcionista y este le ofrece una chapa circular, que le da derecho a pasear por el interior del museo.

Deambula sin un rumbo predefinido, como una turista más, durante unas escasas tres largas horas, mirándolo todo sin prestar demasiada atención a lo que ve; varias de las obras ya las conoce y otras no le sugieren nada especial, simplemente las mira esperando que en otro momento le traigan algún recuerdo. El paseo por las salas destinadas a Roma del MET le abre algo el apetito, así que decide comer un bocadillo caliente y una ensalada acompañados por las alborotadas burbujas de una Coca-Cola, que revolotean en el cónico interior de una copa Vesubio de cristal sobre un posavasos de cartón serigrafiado, que el camarero ha depositado sobre la mesa de uno de los varios establecimientos del museo.

Al salir del MET, gira hacia la derecha bajando hasta E79th, cruzándola justo a la entrada de uno de los paseos que va hacia Central Park. Camina cabizbaja, encogida en el interior de su abrigo, por la senda de grava y tierra, despacio disfrutando del paseo. Pasa por delante del castillo Belvedere girando hacia la derecha para tomar la salida a la calle W81th, donde se encuentra el museo de Historia Natural. Frente al museo, en el cruce de la calle W81th con Columbus Avenue en el número 436, Patricia se detiene. Observa aquel edificio de 1900 de ladrillo visto y piedra en su parte inferior, como las que enmarcan las amplias ventanas de madera, todas ellas de la misma dimensión y perfectamente esculpidas. Desde el primer día que lo vio le gustaba aquel edificio, lo contempla embelesada durante cinco largos minutos parada ante él imaginándose una historia. Dirige su mirada hasta las ventanas de la planta undécima, que es la vivienda de su colega y amigo. Un amplio loft completamente abierto, que tanto le gusta a Jordi, decorado con gusto. «Para estar encerrado ya tengo la morgue», como solía decir.

Cuando Patricia sale del ascensor y gira hacia su izquierda, se encuentra de frente con la vieja y amplia puerta de madera ligeramente decorada, que se había traído de España. Introduce en la cerradura la llave que porta en su mano enguantada y abre la puerta del amplio piso. Parada ante la entrada, desde el quicio de la puerta abierta de par en par, descubre una vez más el amplio espacio que se dispone ante sus ojos, que luce limpio, silencioso y pulcramente ordenado, como la primera vez que lo visitó. Como ella bien sabe, no puede ser de otra manera conociendo como conoce a Jorge Javier. Ha utilizado la llave que Jordi le dio la última vez que había estado en Nueva York, hacía ya un año, más o menos, con la disculpa de si un día él se retrasaba por culpa del trabajo. El trabajo lo tiene cerca de su casa, una manzana más allá, en la W82nd st en el edificio del Departamento de la Policía de New York.

Se adelanta un par de pasos hacia el interior, cerrando la puerta tras de sí. Se quita los guantes con parsimonia monacal, introduciéndolos en los bolsillos de su abrigo, mientras mira con detenimiento todo lo que sus ojos le muestran como si fuese la primera vez que lo viese, tratando de descubrir qué es lo nuevo que en él hay. Se despoja de su largo abrigo de piel, de su falso gorro de pelo de zorro y de su amplio bolso, depositándolo sobre el perchero que se encontraba en el del armario que hay en el vestíbulo de entrada. Sabe lo minucioso que es Jordi, cada cosa tiene que estar en su sitio, se deshace de los botines que lleva calzados, le duele la planta de los pies de la caminata. Los deja al pie del perchero y cierra, deslizándola despacio, la puerta-espejo. Caminando descalza por la estancia, va sintiendo el calor de la alfombra bajo sus pies desnudos, a la vez que el leve cosquilleo de su pelaje.

Viéndose allí de pie en el centro del vestíbulo sobre la alfombra de la India, del Nepal, de pelo corto, al instante la reconoce ya que estaba presente cuando su amigo la compró en el mercado callejero Bazar Tripolia de Jaipur, en el último viaje que hicieron juntos.

Mientras espera a que llegue Jordi, decide prepararse una taza de té, dirigiéndose hacia la cocina, que se encuentra a la izquierda pasando el vestíbulo, abierta al amplio salón. Espera a que el agua de la tetera eléctrica de cerámica japonesa se caliente, mientras se distrae abriendo la nevera para fisgonear lo que en ella hay. Una sonrisa se dibuja en sus labios ante los recuerdos que le vienen a su mente, de tiempos pasados, en situaciones parecidas. «Hay cosas que nunca cambiarán con el paso del tiempo», piensa, escudriñando con su mirada el interior de lo que allí se le está mostrando.

Duda durante unos segundos intentando decidir qué llevarse a la boca para entretener la espera, que presupone que será larga. Lo contrario sería una sorpresa. Cuando su cerebro reproduce el sonido hiriente del repetitivo silbido alargado del vapor al salir por el pequeño orificio de la tetera indicándole con ello que el agua ya está lista, cierra la puerta, apaga el fuego vertiendo un chorro de agua hirviendo en el recipiente de cristal que había preparado con un par de cucharadas de té negro indio en el filtro infusor. Deja que se vaya preparando mientras extrae una ovalada tacilla con su correspondiente plato de la vitrina azulada de la cocina.

Con la taza en la mano se dirige hacia el sillón que se encuentra ante el ventanal que da a Columbus Avenue, y se sienta en él. Quería distraer su mente para no tener que pensar en la razón o razones que la habían llevado hasta donde se encuentra, en lo que su amigo Jordi le tendrá que decir. Un instante antes de que sus piernas la lleven a donde su cerebro ha ordenado, coge el mando del equipo de música y aprieta la tecla del «play», dejando que las notas musicales corretean por la amplia estancia. La voz de Freddie Mercury interpretando Bohemian Rhapsody acuna sus pensamientos, dejando que su mirada vague libremente, perdiéndose entre los rincones del amplio espacio de la estancia, desde el sillón donde había asentado sus reales posaderas cansadas.

Desde la lontananza del lugar donde se encuentra, su mirada busca con el iris de sus ojos el reflejo tridimensional de los objetos novedosos que se han instalado últimamente en el abierto espacio, desde la última vez que estuvo en él. Con toda probabilidad, estos habían llegado hasta allí para quedarse definitivamente.

En el muro de pizarra negra que hace de separación del espacio entre la zona de noche con el resto de la estancia que hace de salón-cocina, descubre dos nuevos cuadros de gran formato, con un estilo muy geométrico, lleno de colorido, que atraen su atención. Patricia levanta su cuerpo del cómodo sillón con un repentino impulso sobre sus pies, dirigiendo sus pasos hacia los cuadros que acaba de descubrir. Se trata de un par de obras de un artista argentino, Mario Fernicola. En su margen izquierda se halla una pequeña plaquita donde está escrito el nombre del cuadro, el año y su autor. Los títulos allí reflejados la hacen sonreír abiertamente, pues esas palabras que dan nombre a esos cuadros le recordaban a algún momento de su historia, la de ella con su propietario y viejo amigo, Jorge Javier, Jordi, cariñosamente para ella: Miradas de Tranquilidad y Conexión.

Vuelve sobre sus pasos con una amplia sonrisa dibujada en todo su rosto, se queda de pie delante del ventanal observando su reflejo, le saca la punta de la lengua a modo de burla mientras se vuelve sonriéndole al reflejo para sentarse en el sillón.

­­—Vaya cara tienes hoy, Patricia —se dice.

Sentada en el sillón, otea a través de la ventana la azotea ajardinada del edificio de enfrente, un piso por debajo de donde ella se encuentra. Divisa la silueta de una señora madura que riega sus plantas con su manguera mientras un par de niños juguetean con su pequeño perro de raza beagle. En un rincón algo más apartado de la mujer y los dos niños, dos mujeres jóvenes recostadas en unas tumbonas se hacen carantoñas de enamoradas. Esa imagen le trae a su memoria el recuerdo de hacía un par de semanas, lo cual la entristece, apareciendo un mohín en su rostro. Ese recuerdo de ella y de su joven amiga Carmen, las dos juntas, que rozaban sus dedos mientras tomaban el sol en el ático de Madrid.

Enfrascada en esos pensamientos inesperados de un pasado reciente, revoloteando en el interior de su mente, con la voz de Freddie Mercury de compañía, se quedó adormecida apoyando su cabeza sobre el respaldo del sillón. Después de un rato, que le parecen solamente cinco minutos, entreabre lentamente los ojos y ve cómo un manto oscuro está comenzando a cubrir la ciudad. Mira el reloj de su muñeca, que marca casi las ocho de la tarde, lo cual hace que se estire en su asiento en un acto reflejo de extrañeza, a la vez que se hace preguntas a sí misma con una voz inaudible, simples murmullos para el cuello de la camisa. Sin esperar respuesta alguna.

—¿Qué habrá pasado? Jordi siempre suele ser puntual…, seguramente, algún percance en el trabajo. Pero ¿por qué no me ha llamado?

Se dispone a coger su teléfono móvil, que llevaba colgado con una cadena sobre su cuello, cuando a sus tímpanos llega el suave tamborileo del sonsonete de unas llaves introduciéndose en la hendidura de la cerradura. Pasan unos breves segundos antes de que la puerta se entornara del todo, que a Patricia le parecieron eternos. De pronto, entre las sombras del quicio de la puerta aparece la silueta de una persona, iluminada por la tenue luz del vestíbulo de entrada, con un abrigo Overcoat Polo Coat de un color azul oscuro sobre sus hombros, cubriendo su espigado cuerpo un sombrero Trekking negro descansa cabalmente acoplado sobre su cabeza, se apoya sobre un bastón que llevaba en su mano derecha. La espectral figura le perturba.

Al cerrar la puerta tras de sí, sus miradas se cruzan produciéndose un imprevisto sobresalto en ellos.

Ella, sentada en el sillón de la ventana, y él, de pie en la entrada. No eran más que dos extraños sorprendidos, por lo menos para ella, él no puede decir lo mismo.

—¡Mierda! —susurra en voz baja.

Reprochándose en silencio para sí mismo lo inoportuno del momento. Aunque sabía que hoy la iba a ver.

«Debería haberme avisado el conserje de que había alguien…, tendría que haber llegado más tarde. Pero no esperaba encontrarla a ella, allí sola, a esta hora. Creía que ya estaría Jorge Javier».

Él se queda, durante unos segundos, parado en la entrada, inmóvil, mirándola sorprendido no por quién era, ya que conocía todo de ella, o casi todo, sino más bien de que estuviese allí sola. Son segundos de confusión, vacilación, esos segundos que a veces surgen en la vida, como la barrera de un paso a nivel que empieza a bajar cuando te dispones a cruzar y te surge la duda de seguir o retroceder un paso atrás para ver pasar el tren, y tratas de identificar los rostros que se perfilan tras las ventanillas como si fueses a identificar alguno de ellos.

Sorpresa, indecisión.

La barrera de la indecisión se interpone entre ellos durante unos instantes. Él duda unos segundos sin saber qué hacer. Segundos en los que en su conciencia su otro yo le decía:

«Pero si ya estás dentro, no vas a salir corriendo…, tendrás que fastidiarte y hacer de cicerone tú mismo. No te queda otra, amigo mío, de esta suerte son las cosas. Justamente por todo eso que sabes, tienes que hacer de tripas corazón, y preséntate educadamente».

Patricia, sentada en el sillón con su cabeza girada hacia la entrada, no repuesta aún del sobresalto, perpleja y en alerta, de ver a esa extraña persona de pie en el vestíbulo obstruyendo con su cuerpo la salida, observa cómo ese desconocido comienza a caminar hacia ella en silencio.

Camina con alguna dificultad, en su cara se refleja el perfil de una mueca de un cierto disgusto al descubrir la figura de Patricia sentada en el sillón de la ventana. Su sillón, el rincón donde él intenta detener el tiempo.

Pippo Bunorrotri 

CONTINUA

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